Vivencias de un juzgado

09: 45h. Juzgado de violencia de la mujer de una localidad catalana que preferimos no revelar, ya que el proceso judicial que describimos está todavía en proceso.

Nos paramos frente a las dependencias juiciales antes de cruzar sus puertas. Faltan todavía minutos. ELLA está visiblemente nerviosa. Se le recuerda su libertad y derecho a elección, puede relatar lo sucedido contestando a las preguntas pertinentes, o bien, simplemente escoger el silencio como respuesta. En cualquier caso, se la acompañará en lo que decida. Es su historia, ELLA decide.

«Tengo claro lo que voy a hacer» Por sorpresa para mí verbaliza su necesidad de que se conozca su verdad, su sufrimiento, qué le ocurrió. Quiere ser escuchada, quiere justicia. Digo por sorpresa puesto que anteriormente había referido su deseo de no colaborar en el proceso judicial al ser citada. Demasiada rabia, impotencia e incomprensión por los tiempos judiciales, por el hecho de que sus agresores continúan con su vida de manera indemne, mientras ella se siente rota, incompleta. «Cuando me llamen, no iré«, emitía desde el dolor de quien vé pasar el tiempo y no obtiene una respuesta.

En cambio hoy, ahí estaba ELLA. Dos años después a la agresión había sido citada por la médica forense. Al fin siente que será escuchada.

«¿Qué ocurre si me da la risa nerviosa?», «siempre me pasa cuando no sé muy bien qué hacer y estoy muy nerviosa». Se la tranquiliza y se le recuerda que en todo momento será acompañada.

Cruzamos las puertas juntas, ELLA no me pierde de vista. Una vez en el mostrador, nos atienden dos funcionarios. Se percibe lástima en sus miradas. Quizá es porque ella tan solo tiene dieciséis años, quizá porque en esos momentos se la percibe vulnerable, o simplemente, es la mirada de quién conoce su relato, su agresión.

Nos acompañan a una sala de espera prácticamente vacía. Ahora se la percibe todavía más nerviosa, asustada, mientras espera a ser citada.

Una vez en la sala junto a la médica forense, le recordarán el por qué está allí. Todo se remonta a dos años atrás, la sitúan en el año 2016 y lo sucedido aquella noche de autos. ELLA denunciaría los malos tratos físicos producidos durante esa noche por el que consideraba su pareja en aquella época.

Mientras la médica forense ojea un informe abultado, refiere ser algo rutinario para complementar cierta información necesaria y relevante a tener en cuenta para el proceso judicial.

Así, de este modo, se sucederán los siguientes diez minutos en un despacho cualquiera de unos juzgados de Catalunya. Algunas de las preguntas eran si en el momento actual el dolor en las zonas agredidas perduraba [no… ya no me duele]; cuánto tiempo tras la agresión estuvo dolorida físicamente [no lo sé… no lo recuerdo… ¿cuatro días?… no sé]; ¿tomaste algún fármaco tras la agresión? [no lo sé, no, creo que no] ; en el informe médico de urgencias consta como positivo en consumo de alcohol, ¿habías bebido esa noche? [Si.. sí bebí esa noche]; ¿la ingesta de alcohol fue voluntaria o él te forzó a beber? [no me obligó, yo bebí voluntariamente…]

Y así, dos años después en el tiempo, y diez minutos en aquella sala, la médica forense consideraba que ya disponía de toda aquella información relevante y necesaria. A esas alturas ya sentía su mirada de incomprensión un tanto perdida ante lo que se acababa de producir. Creo que mi mirada también era similar a la suya, estaba estupefacta.

Básicamente cuatro preguntas cerradas, ya se habría terminado el espacio, como si se tratase de una consulta médica por un simple síntoma gripal a solucionar con mucho líquido y paracetamol. Ningún ápice de sensibilización institucional. Tras dos años de espera dea ese momento, noches en vela por la historia de violencia vivida, un profundo daño psicoemocional a reparar, ahí estaba ELLA, con sus dieciséis años de edad, cada vez se la percibía más pequeña ante la impersonalidad e insensibilización de su encuestadora.

Si, había bebido esa noche, estaba borracha cuando su novio decidió pegarle una paliza, primero ante la pasiva mirada de todos en la discoteca, después, continuó la agresión en plena vía pública. Todo porque ELLA era suya, su novia, su propiedad, y había hablado con un amigo de su agresor, qué osada…

ELLA no era la víctima perfecta, había bebido y la agresión no fué lo bastante intensa como para una hospitalización, meses de secuelas físicas y tomas de calmantes para bloquear el dolor. En cambio, su historia de violencia le había robado su identidad, su inocencia, su razón de ser y, no, no había tomado fármacos para el dolor, pero las tomas de medicación psiquiátrica para poder afrontar su día a día y lo vivido no constaban.

Tras invitarnos a salir del despacho de la médica forense, ELLA se desplomaría, estalló en un llanto profundo, para entonces, la puerta del despacho ya estaba cerrada dejando a la doctora en su interior continuando con lo que para ella supondría un jornada laboral más, pero para ELLA, no sería un día más.

Abandonaría las dependencias judiciales llorando bajo la mirada curiosa de aquellos observadores con los que se cruzaba. Una vez en el exterior, es incapaz de marcharse. Permanece bloqueada al lado del edificio judicial. Mientras llora, se repite las preguntas con impotencia y rabia… ¿te duele algo? Si, el corazón, lo tengo roto; ¿bebiste? Si, ¿eso da derecho a la paliza que me pegó? Y por último, la verbalización que más resonaba en su cabeza, «¿no me creerán verdad?, él podrá hacer lo que quiera y no me creerán».

Comenzaría a revivir todo lo sucedido esa noche del año 2016 mientras se pregunta el por qué es ELLA la que está allí, y él sigue tranquilamente con su vida. Piensa en qué estúpidez haber pensado en que se produjese un cambio real.

Soy educadora de la Asociación invia, asociación de dónde ELLA es usuaria, y mi trabajo, como el de mis compañeras, es el de acompañar de manera integral a jóvenes resilientes desde una perspectiva de género en sus procesos de recuperación psicoemocional y búsqueda de autonomía tras sus historias de violencia vividas. No supe contestar a sus preguntas tras salir del despacho forense, simplemente podía estar allí junto a ELLA, validar su dolor e impotencia por un sistema que señala y cuestiona a la víctima mientras el agresor sigue indemne. No pude interrumpir aquella grotesca escena, la insensibilización del sistema judicial, la victimización secundaria del sufrimiento añadido por parte de los «profesionales» encargados de asistir a la víctima o el hecho de que reviviese su agresión, su papel de víctima durante todo el proceso.

ELLA solo quería justicia. ELLA solo quería ser escuchada por la parte que se supone que entiende que está para ayudarla, para protegerla. Pero no es la víctima perfecta, había bebido, y yo me pregunto, ¿esto puede justificar una acción violenta o eximir de la responsabilidad a su agresor?

Queda mucho camino por recorrer todavía en el sistema judicial de lo que entendemos como sociedades avanzadas, pero también le queda mucho por recorrer a nivel judicial a ELLA. Aquí no ha terminado la historia, aquella historia que ni tan siquiera comenzó hace dos años, sino que se remonta a mucho tiempo atrás.

ELLA fue agredida. ELLA interpuso denuncia. ELLA parece ser juzgada ahora por el simple hecho de que, a la edad de catorce años bebió alcohol en una discoteca y habló con un chico para disconformidad de su agresor. ELLA «era suya», su objeto, pasó una línea, recibió una paliza.

Ahora es ella la que se enfrenta, dos años después -no obviemos esta información-, a todo un proceso judicial, una revictimización, a las preguntas enjuiciadoras para demostrar que sus actos no la hacían susceptible de recibir los golpes que constan en su parte de lesiones, a la indefensión de quien no es escuchado, a la ausencia de sensibilización en temática de violencia de género de ciertos profesionales del sitsema judicial en el que está inmersa, al ninguneo institucional.

Esto no ha finalizado aquí. ELLA quiere ser escuchada. ELLA quiere justicia.

 

Marta Beato Novillo

Educadora Social del Servicio de Atención Integral a la Mujer (SAID)

Asociación invia