Bárbara (nombre ficticio) llegó a España, concretamente a través de las costas andaluzas, en agosto de 2017, mediante una patera proveniente de Marruecos; anteriormente permaneció en tránsito por diferentes países de África, donde, confinada en un camión, viajó con muchas más chicas (todas ellas menores de edad) en busca de lo que le habían hablado, de lo que le habían vendido, de una esperanza de vida digna y justa. Bárbara manifiesta que ella simplemente quería salir de la pobreza, quería tener oportunidades, quería tener derecho a estudiar y, en definitiva, a vivir una vida en la que sentirse realizada. Bárbara tiene 15 años.

Como ella misma explica:

 

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Cuando vivía en Ghana y me encontré con aquel hombre, yo estaba muy triste. Para poder comer o hacer cualquier cosa, tenía que mendigar por las calles. Vivía con mi abuela, éramos muy pobres. Aquel hombre me dio esperanza. No sabía a qué país me llevaría, sólo me dijo que me podría llevar a otro país de África donde las cosas estaban mejor. En ningún momento me habló de Europa. Yo sólo estaba contenta de irme de Ghana, porque mi vida allí era realmente muy dura. Aquel hombre me dijo que podría tener una vida mejor cuando llegara a un nuevo país. Me dijo que tendría una escuela, comida, medicamentos y un buen ambiente. Simplemente le creí, estaba tan emocionada de marchar con él…

 

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Pero la realidad que encontró fue muy diferente. Desde el mismo momento de salir de su país, Bárbara pudo experimentar, de manera aún más evidente de la que había vivido antes de iniciar su viaje, las consecuencias de una sociedad endémicamente machista y misógina. Fue testigo y víctima de múltiples violaciones, expuesta a un nivel de violencia física y psicológica devastadora, al tiempo que vivía en una restricción de alimentos y bebida diaria. Y sólo acaba de comenzar su viaje.

Cuando por fin llegó a España (aunque en estado de shock, ya que fue testigo directo de cómo tiraban los cuerpos de sus compañeras de viaje en la patera en medio del mar) la introdujeron en una furgoneta y la llevaron hacia Madrid. Una vez allí, y sin todavía saber cómo lo hizo, la chica pudo escaparse de sus «propietarios». Se encontraba en medio de una ciudad que no conocía, sin nada. Vivió en la calle mendigando hasta que reunió suficiente dinero para viajar a Barcelona, ​​ya que sentía verdadero pánico de permanecer en Madrid, donde en cualquier momento podían encontrarla. En ese punto de su viaje, Bárbara ya había entendido que aquellos hombres no eran quienes la llevarían a obtener una buena vida con derechos.

La joven expone que:

 

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Cuando llegué a España por primera vez, me sentía confundida, frustrada, triste y muy sola. Primero, sentía mucha confusión por todo lo que había pasado, porque el hombre que me había llevado hasta ese punto no me había explicado todo lo que estaba pasando; yo estaba confundida porque no conocía nada de España: ni su gente, ni su comida, ni su lengua ni su cultura … No tenía ni idea de España. En segundo lugar, me sentía sola porque las cosas que yo pasé hasta llegar a ese punto me hicieron sentir muy mal y me hacían pensar muchísimo en mi familia, amigos, y especialmente en mi abuela. Todo ello me hacía sentir profundamente triste. Sólo deseaba que alguien me ayudara a poder volver a Ghana, pero ya sabía que era demasiado tarde.

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Una vez en Barcelona, ​​aunque la chica acudió a la policía, no pudo entrar dentro del circuito de protección de menores, ya que las pruebas osmométricas dictaminaron que era mayor de edad, y la joven no disponía de documentación personal que justificara su minoría de edad. Este hecho, como apunta Félix Durán, jefe del grupo de Tráfico de Seres Humanos de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil, se convierte en un grave problema. Son pruebas donde se comparan resultados obtenidos en adolescentes de países africanos con análisis realizados en base a un perfil de mujer caucásica, de tal manera que los resultados obtenidos no son muy fidedignos.

El resultado de ello es que de nuevo, Bárbara se encontró en la calle, sin recursos, en grave peligro de ser encontrada por la red de tráfico de personas y de ser de nuevo víctima de explotación sexual.

Finalmente, en el mes de octubre del 2017, Bárbara ingresó en el proyecto «Tránsito» de la Asociación «in via» y no fue hasta ese momento en que la joven pudo iniciar un proceso de asimilación de lo que había pasado en su vida en los últimos meses, pudo iniciar un proceso de recuperación de toda la violencia vivida, y por encima de todo, pudo iniciar un re-apropiamiento de su vida.

El proyecto «Tránsito» trabaja para que las mujeres y niños/as que han sufrido procesos de explotación sexual y tráfico de seres humanos recuperen la libertad y la dignidad mediante una re-apropiación y/o restablecimiento de sus derechos fundamentales y la consecución de la autonomía necesaria para reanudar una vida fuera del control y del abuso de cualquier tipo de explotación.

Para poder lograr todo esto, las mujeres y jóvenes participantes del proyecto cuentan con viviendas donde tienen todas las necesidades básicas cubiertas (alimentación, higiene, medicación, formación), asesoramiento legal en el ámbito administrativo y judicial, así como un acompañamiento psicoeducativo las 24 horas los 365 días del año, de tal manera que pueden centrarse en su proceso de recuperación emocional sin las angustias que representa no tener nada material.

Bárbara explica en sus propias palabras cómo se sentía cuando llegó y cómo se siente a día de hoy:

 

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Cuando llegué a España, la situación era muy dura. No tenía ningún sitio donde estar, no tenía comida, no tenía medicación -durante el viaje me puse muy enferma-, no tenía a nadie con quien hablar, porque tampoco entendía a nadie. Me sentía en otro mundo. Caminaba por las calles pidiendo ayuda y pocas personas se giraban para ayudarme. Pero finalmente alguien me enseñó un lugar donde podía acudir. Después de mucho tiempo, llegué a la Asociación «in via». Ellas me ayudaron en todo lo que necesitaba. Me dieron un lugar donde vivir, alimentos, ropa medicamentos… Por fin podía hablar con mi familia cuando lo necesitaba, por fin tenía personas con las que hablar cuando me sentía mal, sola o triste… Y lo más importante para mí, por fin he podido ir a la escuela. Ahora mismo, lo que me provoca más expectación es conseguir mi documentación, en esto también me están ayudando. Porque llegué a España sin nada, y necesito documentos para poder vivir aquí y ser alguien. Estoy muy feliz de estar lográndolo y ellas me están ayudando en todo.

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Así pues, a través de testimonios como el de Bárbara, podemos ver cómo, con el apoyo necesario y los recursos adecuados, como los que proporciona el proyecto «Tránsito», las mujeres víctimas de la trata de personas se convierten supervivientes de toda la violencia que han sufrido, reinventándose como personas y convirtiéndose de nuevo en propietarias de sus vidas.

 

Agnès Cortés

Responsable procesos de emancipación Viviendas In via

SAID Casa de la Jove