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“Todas vivimos violencia, incluso las que luchamos por los derechos de las demás”

El proyecto Fórmula Weekend de Associació in via es una propuesta innovadora con la cual queremos dar atención a mujeres y familias supervivientes de violencias machistas, especialmente de violencia vicaria y psicológica, que se encuentran con muchas dificultades para sostener su día a día y necesitan más acompañamiento psicoterapéutico aparte del que les proporcionamos entre semana. Con esta iniciativa acogemos durante los fines de semana a aquellas mujeres o familias monomarentales que opten por continuar residiendo en sus casas entre semana y mantener su dinámica vital y laboral –así como la de sus hijos e hijas– pero que necesiten un soporte socioeducativo y psicoemocional de máxima intensidad durante el fin de semana.

Una usuaria que hemos acogido desde el proyecto Fórmula Weekend nos ha escrito una carta muy emotiva. Le estamos muy agradecidas y queremos compartirla:

“El día 1 de enero de 2022 empecé a reconstruirme, pero esta vez, no estaba sola. Y digo reconstruirme porque para destruirme no necesité ayuda de nadie; dejé que me hicieran mucho daño y me hice a mi misma más daño que cualquiera.

Pero el viernes 31 de diciembre de 2021 supuso el primer paso hacia el cambio, para antes que encontrar un camino, primero verme, después conocerme, para poder entenderme, encontrarme y una vez hecho todo esto, pudiera empezar a caminar sola, por el camino que fuera, pero que empezara a dar pasos sola.

Los fines de semana eran el oasis de mi vida, sábados y domingos en los que podía parar, bajar el ritmo. Al principio es muy incómodo, no sabía qué hacer, iba de un lado a otro, bajaba y subía las escaleras, iba perdida, pero no era la casa, era solo un reflejo de lo perdida que estaba yo en mi vida. Y poco a poco con todas las profesionales de Associació in via empecé a mirar hacia adentro, que toda mi vida la había vivido pegando patadas hacia adelante, sobreviviendo… Y gracias a haber sobrevivido, llegué a la casa, donde me están enseñando que se puede vivir de otra manera, que para poder ser, vivir dentro del sistema patriarcal, de sus normas, sus reglas y sus relaciones, primero debía empoderarme, y eso empezaba por dejar de sentarme con la cabeza hacia abajo y con los pies y las manos cruzadas, porque no se puede vivir permanentemente encogida. Que para vivir hay que levantar la cabeza, lo que pasa es que la educación que hemos recibido, lo que la sociedad nos transmite a las mujeres, es que vivamos como yo vivía, pretendiendo “vivir” con la cabeza agachada, para contentar al mundo, ese mundo que dirigen los hombres.

Porque para poder acabar con el maltrato, hay que trabajar en la educación y para educar a mi hijo debía empezar por aprender a vivir de otra manera, donde se escuchara mi voz, donde fuera libre para decir NO, donde pudiera salir del sitio, donde estuviera cuando ya no me interesara estar allí, que un plan de trabajo se podía cambiar de un plumazo, y que los enfoques y las decisiones se pueden cambiar todas las veces que sean necesarias. En definitiva, que para poder enseñar a mi hijo a ser libre, debía serlo yo primera.

Para poder escribir todas estas líneas, tuve que entrar en la casa y vivir allí los fines de semana, unos con mi hijo y otros sin él. Allí nunca estaba sola, siempre me sentía acompañada, me sentía completamente acogida pero sin dejar de lado mi trabajo, mi casa y mi vida entre semana, porque todas vivimos violencia, incluso las que luchamos por los derechos de las demás, las que defendemos y nos rebelamos contra las injusticias, incluso yo… Viví violencia que me dejó paralizada durante 10 años de mi vida. Esa vida que ya ha quedado atrás donde quién era y quién aparentaba ser me hacían vivir permanentemente con el síndrome de la impostora, enseñando a los chavales en la universidad clases con perspectiva de género y a no tolerar las violencias sexuales, y comiéndome todo eso que decía en mi lado personal.

Porque a veces las heridas no sangran y algunos golpes te hacen “cosas menos graves”, así me refería yo a mi situación de violencia, porque nunca había acabado en el hospital por una hostia directa, pero sí me pasaba noches y noches sin dormir, sí sentía miedo cuando se enfadaba, cuando lanzaba cosas, cuando giraba la llave y llegaba a casa, cuando sabía que estaba enfadado, en los silencios, en todos esos “tú no sirves para nada”, “estás loca”, en el sexo sin consentimiento, en quitarme toda mi energía hasta el punto de solo esperar que llegara el momento del día en que me fuera a dormir y todo parara y solo hubiera el silencio. Hasta que ya no era dueña de mi vida, y sólo era un ente que existía y hacía una vida, una vida en la que no pensaba, no decidía, no me quería, hasta que me odié y me odié mucho, castigando a mi cuerpo, sin saberlo, hasta que empiezas a empapar la cama porque la cabeza ya ni quiere despertarte para que vayas al baño, porque estás mejor dormida… Así no molestas.

Que estas palabras las puedo escribir gracias a Associació in via, porque para poder escribirlo primero tuve que explicarlo, pero no solo eso, porque yo explicaba muchas cosas, pero tenía miedo y dudaba hasta de lo que había vivido, hasta que pregunté muchas veces “¿tú me crees?” Y empecé a escuchar en el otro lado “YO TE CREO”. Que te escuchen sin juzgarte, sentir que te creen cuando ya estás agotada de ese maltrato institucional que te cuestiona, que te hace ir a miles de sitios para que todos te miren con pena y nadie haga nada por ti o que piensen que eres “una loca divorciada”. Entonces llega alguien, que te pide que cojas un papel y dibujes una línea del tiempo, y al principio te cuesta, pero vas tirando hacia atrás y vas viendo quién has sido y en qué te has convertido, y así empecé a conocerme, porque nunca me había parado a mirar atrás para buscar un aprendizaje, porque a veces cuando sufres tanta violencia, la cabeza te protege y eres incapaz de recordar. Y pasé momentos duros en los que necesité llorar mucho, y luego otros muy buenos en los que la euforia me desbordaba y me enseñaron a gestionarla para no volver a tomar malas decisiones.

Que las compañeras de la casa, tanto las madres como las jóvenes, eran un modelo de inspiración para mí, cada una con sus historias, con sus movidas, tan diferentes, de tantas edades, de tantas culturas, pero con muchas notas comunes en el pasado y sobre todo en el presente, todas con vidas que en algún momento se rompieron y nos quedamos solas. Porque todas las que han estado y estamos ahí hemos sobrevivido, seguramente algunas recaeremos y tendremos que volver, pero Associació in via siempre será nuestra casa.


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