Hoy os queremos contar una historia diferente: una experiencia real muy reciente, narrada desde el punto de vista de Marta, una de las educadoras del Servicio de Atención Integral a la Mujer (SAID), sobre un caso de agresión machista y sobre el proceso judicial abierto a raíz de la denuncia que la víctima interpuso. Un texto escrito desde la indignación y la rabia que vuelve a poner sobre la mesa algunas de las carencias de la estructura judicial encargada de juzgar los casos de violencia de género que venimos denunciando desde hace tiempo: la lentitud en la resolución de los casos, la indefensión de las víctimas, su revictimización y, en definitiva, la falta de formación y de sensibilidad en relación a la lacra de la violencia machista de las personas encargadas de dictaminar las sentencias que nos han de conducir hacia una sociedad sin abusos.

Leamos la vivencia de Marta en sus propias palabras:

 

El escrito original está resumido para una lectura rápida. Para leer el texto completo, haced clic aquí.

09: 45h. Juzgado de violencia de la mujer de una localidad catalana que preferimos no revelar, ya que el proceso judicial que describimos está todavía en proceso.

 

Nos detuvimos ante las dependencias judiciales antes de cruzar las puertas. Faltan todavía unos minutos. ELLA está visiblemente nerviosa. Se le recuerda su libertad y su derecho de elección, puede relatar lo que pasó contestando las preguntas pertinentes, o bien simplemente elegir el silencio como respuesta. En cualquier caso, se la acompañará en lo que decida. Es su historia, ELLA decide. «Tengo claro lo que haré.» Para mi sorpresa verbaliza su necesidad de que se conozca su verdad, su sufrimiento, lo que le ocurrió. Quiere ser escuchada, quiere justicia.

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Dos años después de la agresión había sido citada por la médica forense. Por fin siente que será escuchada.

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Una vez en la sala con la médica forense, le recordarán porque está allí. Todo se remonta a dos años atrás, la sitúan en el año 2016 y en lo que pasó esa noche. ELLA denunciaría los maltratos físicos producidos durante esa noche por el que consideraba su pareja en aquella época.

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Algunas de las preguntas fueron si en el momento actual el dolor en las zonas agredidas perduraba [no… ya no me duele]; cuánto tiempo después de la agresión estuvo dolorida físicamente [no sé… No lo recuerdo… Cuatro días?… No sé]; Tomaste algún fármaco después de la agresión? [No sé, no, creo que no]; En el informe médico de urgencias consta un positivo en consumo de alcohol, ¿habías bebido aquella noche? [Sí … Sí, bebí aquella noche]; La ingesta de alcohol fue voluntaria o él te forzó a beber? [No me obligó, yo bebí voluntariamente…]

Y así, dos años después en el tiempo, y diez minutos en aquella sala, y la médica forense consideraba que ya disponía de toda aquella información relevante y necesaria.

[…]

Básicamente cuatro preguntas cerradas, ya se había acabado el espacio, como si se tratara de una consulta médica por un simple síntoma gripal que había que solucionar con mucho líquido y paracetamol. Ni gota de sensibilización institucional.

[…]

Después de que la médica forense nos invitara a salir del despacho, se desplomó, estalló en un llanto profundo, pero para entonces la puerta del despacho ya estaba cerrada.

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Soy educadora de la Asociación invia, entidad de donde ELLA es usuaria, y mi trabajo, como el de mis compañeras, es acompañar de manera integral a jóvenes resilientes desde una perspectiva de género en sus procesos de recuperación psicoemocional y búsqueda de autonomía después de sus historias de violencia vividas. No supe responder sus preguntas después de salir del despacho forense, simplemente podía estar a su lado, validar su dolor y su impotencia por un sistema que señala y cuestiona la víctima mientras el agresor sigue indemne. No pude interrumpir aquella grotesca escena, la insensibilidad del sistema judicial, la victimización secundaria del sufrimiento añadido por parte de los «profesionales» encargados de asistir a la víctima o el hecho de que ella tuviera que revivir su agresión, ni su papel de víctima durante todo el proceso.

[…]

Ahora es ella la que se enfrenta, dos años después -no obviemos esta información-, a todo un proceso judicial, a una revictimización, a preguntas enjuiciadoras para demostrar que sus actos no la hacían susceptible de recibir los golpes que constan en su informe de lesiones, a la indefensión de quien no es escuchado, a la ausencia de sensibilización en temática de violencia de género de determinados profesionales del sistema judicial en el que está inmersa, al desprecio institucional.

Esto no ha finalizado aquí. ELLA quiere ser escuchada. Quiere justicia.

 

Marta Beato Novillo

Educadora Social del Servei d’Atenció Integral a la Dona (SAID)

Asociación invia

 

Justicia para las víctimas de violencia sexista ante el desprecio institucional y la falta de sensibilidad del aparato judicial. Las últimas palabras de Marta resumen la situación que venimos detectando desde hace tiempo en los acompañamientos que realizamos en la Asociación invia a través de servicios como el Servicio de Atención Integral a la Mujer (donde desarrollamos proyectos de acompañamiento a las mujeres, jóvenes y niños supervivientes de violencia de género) o el proyecto Frieda (que proporciona orientación, apoyo y acompañamiento en los procesos judiciales derivados de la violencia machista, dado que estos momentos resultan especialmente críticos para las víctimas).

A través de estos acompañamientos hemos podido comprobar que los procesos judiciales se desarrollan a menudo sin tener en cuenta la vertiente psicológica de las víctimas y las obligan a revivir situaciones traumáticas. También denunciamos que el sistema judicial aplica la ley sin integrar la perspectiva de género y sin conocer las secuelas de las agresiones machistas a nivel psicoemocional.

 

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