‘Déjame ser algo más que un cuerpo’, decía Gata Cattana en ese monumento de canción que es Lisístrata. El tema, intenso y sin tregua, atraviesa un catálogo de disidentes como Lisístrata y avanza a través del desmontaje de arquitecturas misóginas y patriarcales antes asumir, por la propia Cattana, la guerra civil en la que no deja de caer inevitablemente como mujer. Nuestro género es conflicto y nuestros cuerpos lo asumen, por lo que escoger estas coordenadas musicales y combativas para movernos hoy, a lo largo de este nuevo 8 de marzo, parte de una necesidad básica y fundamental: la de situarnos con nuestros cuerpos en el centro mismo de la toma de conciencia sobre lo que supone el compromiso con el feminismo y con mostrar un posicionamiento claro, firme y sin matices respecto a la lucha por el derecho a la igualdad. Hacerlo así, como entidad, sacando a la luz cuerpos, heridas, resistencias, palabras y acciones, es radicalmente necesario porque lo que nos jugamos como mujeres y como sociedad es la vida misma. Una vida propia y digna frente a la inercia de meras supervivencias, injusticias flagrantes o silencios cómplices de los horrores que se desprenden de cualquier desigualdad, como los feminicidios o la violencia sexual sistematizada.

Estos días asistimos, entre otros despropósitos e insultos directos a la ciudadanía, a la proliferación de discursos negacionistas de la existencia de la violencia contra las mujeres por el hecho de serlo, además de a la presentación de dicha violencia de manera limitada, difusa o disfrazada de ‘liberal’: lo que limita tu vida a la mera necesidad, te dice que puede comprar lo que ‘libremente desees vender’ a causa de esa misma necesidad. Los discursos negacionistas, por lo demás, campan a sus anchas y son radiados de manera normalizada por los medios, mientras que los datos oficiales nacionales e internacionales -que señalan con claridad que la brutalidad de la represión que las mujeres, las niñas y todo lo que se considere femenino y no hetero-normativo alcanza a lo largo y ancho del planeta límites inimaginables y siempre nuevas formas de perpetuarse- son ninguneados de manera flagrante.

El que los datos y el análisis de los mismos no disfruten del mismo protagonismo de los discursos misóginos es, en sí mismo, un mecanismo enteramente disfuncional y demoledor. El considerar, por lo demás, que lo que ocurre en un país o ciudad concreta –esa fantasía del ‘aquí no estamos tan mal’ o el culpar de la violencia a la migración porque los machistas son los demás– además de ser imitado e incorrecto, solo muestra una falta total de solidaridad y compromiso con la lucha real contra la desigualdad: mientras exista un espacio en el que las mujeres y las niñas sufran por serlo, la igualdad no será real y ese es un marco de referencia fundamental para la Asociación invia.

Debemos entender, por lo demás, que no estamos hablando aquí de mujer sino de mujeres, de diversidad de vivencias, entornos, colores y situaciones, y de que esta diversidad implica que unas sufran más daño, discriminación y vulneración de derechos que otras: las mujeres blancas, occidentales, urbanas y heterosexuales también gozamos de una situación privilegiada respecto a las que no encajan en este molde y eso no nos puede hacer ciegas, por ejemplo, a formas de doble o triple discriminación por razón de raza, clase u orientación sexual, aunque nuestra blancura y procedencia no nos proteja de vivir violencia sexual y de género en modo alguno.

Se legisla sobre y contra el cuerpo de las mujeres y todos los derechos alcanzados a tal fin son susceptibles de colocarse de nuevo en la picota a la menor oportunidad y crisis que surja, como ya señalaba en su día Simone de Beauvoir, y que pueda servir como excusa para, de hecho, reprimir todo lo que se considera disidente. Y nada hay más disidente dentro del sistema patriarcal que las mujeres que se proclaman libres o que entienden sus cuerpos como un territorio de derechos y no como un espacio de apropiación. Así nada parece del todo nunca logrado y estable: ni el aborto, ni las leyes contra la violencia de género ni la lucha contra la trata de seres humanos. Tampoco parece nunca trascendental hablar del cuidado, de las brechas salariales o de la invisibilización de aquellas que se ocupan de crear efectivamente tejidos sociales. Las mujeres han estado y están en todas partes, mueven el mundo, pero la ceguera social a ese respecto parece seguir intacta. Y esto debe cambiar definitivamente.

Hay muchas razones hoy para unirse a esta huelga y la más importante es expresar la unión respecto a la idea de no dar un paso atrás ni hacer ninguna concesión a la pérdida de libertades y en la lucha feminista. Todos los días son 8 de marzo para nuestra entidad, sin duda y sin tregua, pero la jornada de hoy es una fecha importante, un recordatorio fundamental para todas las sociedades de la tierra –en ninguna de ellas hombres y mujeres gozan de los mismos derechos y libertades–, una oportunidad para mirar con perspectiva el pasado y el futuro en cada enclave que habitamos, saber de qué venimos, a dónde queremos ir como ciudadanía y a qué lugares no queremos volver jamás.   

El 8 de marzo es un espacio de lucha y de reivindicación pero también, como mujeres, un día para celebrar un camino vivo en el compromiso con la construcción de un mundo más justo, más libre y más bello en el que todos podamos ser lo que queramos ser, en el que disfrutemos y exploremos cuerpos sin miedo a ser castigadas por ello, en el que ningún gobierno o  poder se permita el lujo de afirmar que nuestros cuerpos no nos pertenecen del todo a nosotras, sino a un ellos abstracto y auto-legitimado que puede disponer de nuestros organismos, de su fuerza y capacidades, a voluntad.

Decir en voz alta y pública se convierte siempre para las mujeres y quienes defienden sus derechos en una necesidad que incorpora riesgos, pero de cuya aceptación depende también la realidad de la dignidad personal-social y el derecho a construir una vida desde parámetros de libertad y ausencia de violencia. Ha de asumirse asimismo que en esto de romper los silencios existe una trayectoria, una genealogía de mujeres y de lucha por los derechos de igualdad que precede y explica la existencia de este día y lo hasta ahora logrado: si hoy puedo escribir esto y hacer exactamente lo que hago es gracias al camino recorrido por otras que hicieron su parte, se pusieron en entredicho, dejaron de pedir permiso y hablaron más alto, como recuerda Cattana en su Lisístrata.

El 8 de marzo es el Día Internacional de las Mujeres, de todas las mujeres y es nuestro día. El de quienes trabajan en la construcción de una vida propia, plena y sin violencia ni corsés, mujeres, niñas y voces que rompen el silencio, los destinos esperados y elegidos por otros. De quienes se adueñan de sus cuerpos y de sus palabras, rechazan el discurso del miedo y se hacen presencia por las que no están o no pueden estar. De quienes cambian el mundo. A mejor.

El día de hoy y este texto está dedicado a todas las disidentes, a todas las mujeres que acompañamos, a sus hijos e hijas, a las madres, hermanas, amigas y compañeras.

A las que no sobreviven.

A las que limpian y cuidan en las sombras.

A las que luchan por todas y las matan por ello.

A las nietas. A las abuelas.

A Berta Cáceres y su paso por el mundo.

A las huellas de mujer.

A Lisístrata y a Cattana.

A nosotras. Y por nosotras. Y por lo nuestro.

Por un 8 de Marzo cada día.

 

Cova Álvarez
Psicòloga, terapeuta i educadora especializada en violencia de género y sexual en el Servicio de Atención Integral a la Mujer de la Asociación invia