Tres veces por semana S. acude al gimnasio para practicar una de las actividades que más le gusta, el kickboxing. Desde el pasado noviembre, son pocas las ocasiones en las que no ha sido puntual a su cita con los guantes y el saco. El saco contiene una parte de los fantasmas que ella guarda dentro: por cada golpe que le da, el saco le devuelve algo más de seguridad, confianza y fuerza.

El entrenamiento suele comenzar con un calentamiento aeróbico que incluye correr, saltar y cambios de movimiento, y que hace que el cuerpo despierte y se energicen las articulaciones. Acto seguido se inicia la práctica de distintos golpes, tanto de brazos como de piernas, así como la evitación del contacto del otro. Movimientos coordinados cual coreografías que se ensayan, bien frente a un espejo o bien frente a una compañera. La mayoría de las veces estos golpes sólo se marcan hasta ser dominados. Una vez controlados, pueden realizarse con más fuerza. La clase finaliza con ejercicios de coordinación, habilidad de reacción y tonificación. Después del entrenamiento, incluso el peor día parece menos malo: en la lona del gimnasio aterriza para quedarse una gran parte de su energía negativa.

Para S. la práctica e integración del kickboxing en su vida no se limita solo al gimnasio. En distintos momentos del día, cuando la rabia, la frustración, el dolor y el estrés que siente la invaden, ella busca sus guantes y un lugar tranquilo en el que poder practicar. El kickboxing se ha convertido en una herramienta para gestionar y exteriorizar las emociones que ha tenido que callar, ocultar y negar. Ahora tiene un recurso con el que expresarse sin hacer daño a nadie y que le permite manejar su propio dolor y orientar su fuerza.

Cabría preguntarse si es positivo que una persona que ha sido receptora de violencia practique un deporte aparentemente violento, como pueden parecer los deportes de contacto. La respuesta puede encontrarse en la vivencia de la práctica como un desarrollo del autocontrol y de la percepción del propio cuerpo que a ella le aporta seguridad en sí misma y en sus reacciones, en la identificación emocional que promueve que elija unas herramientas y no otras para sentirse mejor. También en la apropiación de su resiliencia para transformarla en fuerza de acción que se controla, se dirige y encuentra algo mejor en lo que ocuparse mientras la rabia se disuelve. El cuerpo se nutre, la mente se aligera y ya no se siente tan vulnerable: paso a paso, aprende cómo defenderse y manejar su vida –en el gimnasio, en sus clases, en sus relaciones y maneras de expresarse y sentir– y eso le hace sentirse más libre e independiente, más autónoma.

Es cierto que comenzar a practicar un deporte como el kickboxing siendo una chica puede ser una decisión complicada, ya que los gimnasios suelen estar llenos de chicos, aparentemente más grandes y más fuertes. Una vez dado el paso y vencida la vergüenza de hacer algo que siempre había estado en su cabeza y hasta ahora no se había permitido, S. afirma que se sintió parte de aquella sala desde el primer día que la pisó, como si fuera un lugar de pertenencia natural. En el momento en el que se pone los guantes no importa quién es, ni de dónde viene, puede llevar el hiyab o no durante el entrenamiento: eso no hace que golpee peor ni añade ninguna información sobre sus capacidades. Ni sobre sus posibilidades.

La confianza que S. ha ganado gracias al kickboxing, entre otras muchas cosas que actualmente articulan su vida y sus decisiones, le permiten marcarse objetivos y asumir retos de libertad con la confianza de que podrá continuar en la dirección que decida a pesar de los golpes que pueda recibir en el camino, aprendiendo también a evitarlos. Cada vez está más preparada para enfrentarse a la mayoría de edad y todo lo que ello supone. En realidad, lleva toda su vida entrenando y afrontando, sólo que ahora lo hace desde la consciencia de sus propios movimientos y la apropiación de las riendas de sus actos.

Desde la Asociación invia, promover actividades y adquisición de recursos personales que faciliten el empoderamiento, la reparación del daño y la ruptura de roles de género tradicionales y de los estereotipos sexistas y culturales para las adolescentes que acompañamos en sus procesos de autonomía, es una prioridad y un camino de abordaje de la violencia. Una línea de acción estratégica que entiende que hace falta siempre transformar lo que se destruye y la vulneración del cuerpo es la plataforma desde la que rearmar la fuerza y orientarla hacia la construcción de nuevas realidades, más justas y equilibradas. Para ello solo han de generarse las condiciones adecuadas.

Cada día S. aprende de sí misma y elige qué hacer con ello, en la vida y en el kickboxing. Y ahora, dice, también quiere competir.

Enara Urrutia

Técnica del Servicio de Atención Integral a la Mujer (SAID)