La inclusión de los que están en riesgo de exclusión es un tema que preocupa a las administraciones competentes. De hecho, el Ayuntamiento de Barcelona marca su leit motiv «para una Barcelona inclusiva» como un objetivo al que llegar y crea acciones concretas a través de planes (como el Plan para la inclusión social Barcelona 2012-2015). ¿En qué se basan estas acciones? En poder hacer partícipes del plan a entidades y organismos que trabajan en esa dirección, en que la ciudadanía pueda expresar sus necesidades, en que se priorice el trabajo comunitario y desde territorio, etc.

La exclusión social puede devenir por diferentes situaciones: a nivel económico (si no se puede garantizar que las necesidades básicas estén cubiertas), a nivel de vivienda (que pueda ser digna y que se pueda contar con el equipamiento necesario), a nivel cultural (que se pueda tener acceso a la educación con un nivel mínimo de calidad), a nivel social (si no se puede contar con una red de apoyo a nivel comunitario), a nivel de relaciones (si éstas están basadas en lazos débiles que no dan un apoyo emocional, pragmático y de pertenencia), etc.

Muchas de las familias que atendemos a la Asociación «in via» desde los diferentes proyectos del SAFI (Servicio de Atención a Familias e Infancia) se encuentran desgraciadamente dentro de alguno de estos niveles de exclusión. Trabajamos desde una perspectiva sistémica, haciendo énfasis en los niños y adolescentes como población más vulnerable, y desde áreas como: el acompañamiento en el refuerzo educativo a nivel escolar, el acompañamiento a nivel emocional y psicológico, el acompañamiento en el conflicto familiar, el acompañamiento en las vivencias de violencia y abuso… Sin olvidar la necesidad de una integración real, que pueda ir más allá de la acción concreta.

Cuando oímos profesionales que verbalizan que la familia que quieren derivar es «normalizada», pensamos que hay algo que no está funcionando. ¿Qué quiere decir? Que las otras familias son «anormalizadas», fuera de lo establecido ..? No nos queda claro. Para nosotros puede haber una familia que tenga sus necesidades económicas cubiertas pero que no cuente con una red de apoyo; o dentro de la cual se den o se hayan dado en el pasado situaciones de violencia de género o de maltrato infantil; o en la cual exista un conflicto grave entre los padres que impida el desarrollo e integración de los hijos e hijas… No negamos que en una parte de la población existe realmente una realidad de falta de ingresos, y que estos casos se deben trabajar con más profundidad para acompañar las familias en la resolución de su situación pero en todo caso, o todas las familias son normales o ninguna familia lo es (seguramente ninguna lo es, porque hay tantas realidades diferentes que se hace difícil dibujar la línea de lo que es y no es normativo).

Un ejemplo claro es el trabajo que hacemos de refuerzo escolar desde el Espacio Aprendre, que nos genera una reivindicación continua, ya que recibimos derivaciones de los agentes de territorio y al comenzar a trabajar nos damos cuenta que en algunos casos el niño/niña en concreto no tiene ninguna dificultad escolar. ¿Por qué ha llegado hasta aquí entonces? Por su situación económica precaria, por dificultades en el cuidado y crianza de los hijos e hijas («así al menos el niño podrá estar un rato más acompañado de profesionales después del cole ..), y por una larga lista que poco tiene que ver con la acción en sí conlleva el proyecto.

¿Qué queremos decir con todo esto? Quizá es demasiado idealista, pero intentamos que no se creen guetos entre las personas atendidas, así el proyecto de refuerzo escolar se nutre de diferentes subproyectos, públicos y privados, y se trabaja con todas las familias de la misma manera, tanto si vienen pagando una cuota como si lo hacen a través de uno de los proyectos que contempla el riesgo de exclusión. Estas familias se relacionan en los encuentros de grupos de padres y madres que hacemos paralelamente y en otras acciones comunitarias, y aunque en alguna ocasión hemos oído comentarios de alguna familia hacia las otras del estilo «sé que yo no soy como ellos «, en el fondo tienen más puntos en común que diferencias (actualmente, para la mayoría de padres y madres, la gestión de los límites con los hijos es el tema estrella).

Por lo tanto, creemos que la integración real debe comenzar por unir y no por separar y diferenciar, empezando por los profesionales que trabajamos en el día a día. Así, cuando hablamos de riesgo de exclusión social, es básico cambiar el «no tiene el perfil, es una familia normal», por «miramos qué necesita y si se lo podemos ofrecer, independientemente de su situación».

Volvemos a poner la mirada en la individualidad de cada uno: para hacer inclusión social no podemos trabajar sólo con la exclusión social. Es como decir que para ser un buen cocinero sólo debes aprender a hacer repostería, y que si no aprendes, siempre tendrás una carencia… y al mismo tiempo, que los cocineros no  quisieran relacionarse con los reposteros. O ambos son «normales», o ninguno de los dos lo es.

Patricia Ortuño i Redondo

Responsable del área de Atención a Familia e Infancia