Corría el año 2012 cuando Mariela y su hija de doce años fueron abordadas camino a su hogar y obligadas a subir en una moto rumbo a la casa que controlaba un grupo armado en la zona del Urabá antioqueño, en Colombia. Durante los días que siguieron al rapto, ambas fueron sometidas a esclavitud sexual en habitaciones contiguas.  ‘Patrón, le trajimos una presita jovencita’, recuerda haber escuchado Mariela a uno de sus captores. El anuncio expresa la fijación que todos los actores armados han vertido sobre la virginidad de niñas y adolescentes dentro de un conflicto que parece haberse inscrito en el cuerpo de las mujeres. Así lo confirman las cifras del Observatorio Nacional de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia (CNMH), que señala que del total de 15.076 personas que fueron víctimas de violencia sexual en el conflicto desde 1958, al menos 5.013 han sido niñas y adolescentes. Este no es, sin embargo, un ciclo cerrado cuyos daños son susceptibles de ser reparados: la explotación sexual de niñas y adolescentes es una de las principales fuentes de financiación de los grupos armados tras su desmovilización en ciudades como Medellín.

La mecánica de la violencia sexual ejercida contra mujeres e infancia que nutre Colombia es la misma que se instala en todos y cada uno de los contextos de lucha armada sobre los que detengamos la mirada. Sucedió en Congo, considerada la capital mundial de la violación, y sucedió en Ruanda durante el genocidio que diezmó a la población Tutsi. Se ejecutó con precisión militar en Bosnia Herzegovina durante la guerra civil y también en Camboya durante la instalación y puesta en marcha del año cero por el Khmer Rouge. La lista incluye cada rincón geopolítico de la historia pasada y reciente que se haya levantado en armas, como si todo acontecimiento ‘armado’ legitimara la emergencia inmediata y legitimada de la violencia sexual contra las mujeres. Una violencia que, en tiempos de guerra, articula la brutalidad y el ensañamiento en dosis imposibles de procesar desde nociones mínimas de racionalidad.

A ese respecto, el pasado martes de 19 de junio se celebraba el Día Internacional por la Eliminación de la Violencia Sexual en los Conflictos, seguido del Día Mundial de las Personas Refugiadas. Ambas fechas señalan dos espacios críticos de intervención social no resueltos a nivel nacional e internacional en materia de Derechos Humanos. Espacios que, por lo demás, están inherentemente ligados tal y como demuestran los miles de niñas y niños sirios desaparecidos en su éxodo de la guerra a manos de las mafias, la venta de esclavos y esclavas de población migrante en su tránsito por Libia o los ahogamientos y abandonos diarios de cientos de personas en el mar en su búsqueda de condiciones de vida menos violentas, por citar ejemplos recientes.

Toda violencia no resuelta en términos de reparación tiene la capacidad intrínseca de reproducir más violencia. Desde la Asociación invia, en tanto que entidad que trabaja la acogida y el acompañamiento a víctimas de violencia, sabemos de primera mano que los conflictos armados generan violencia sexual más allá de sus fronteras cuando arrojan a quienes huyen de ellos a las manos de mafias de explotación sexual y tráfico de seres humanos, creando condiciones de vulnerabilidad graves y perversas, alimentadas por el silencio, la invisibilidad y la no asunción de responsabilidad internacional a la hora de velar por la seguridad y la dignidad en los tránsitos y los refugios. Desde estas coordenadas abordamos de manera consciente y explícita el compromiso con las mujeres, adolescentes y niñas en acogida, priorizando el acompañamiento psicoeducativo y especializado a mujeres y adolescentes migrantes y víctimas de violencia sexual, con especial atención a población femenina víctimas de trata con fines de explotación sexual. Este compromiso implica, de manera inherente, contribuir asimismo a la sensibilización y transformación social hacia la erradicación de la violencia sexual, cuya manifestación más grave puede observarse en tiempos de guerra, pero cuyas raíces vertebran cada sociedad, aunque ninguna de ellas parezca estar nunca preparada para mirar su profundidad y alcance de cerca.

Así pues, «asumir» un compromiso con la erradicación de la violencia sexual en los conflictos armados supone afrontar y dignificar los relatos de las violaciones grupales de las mujeres congolesas y los encierros masivos de mujeres bosnias para ser abusadas durante meses. Supone asistir a la convivencia de muchas de esas mujeres con los hijos e hijas fruto de las violaciones y a la existencia de esos mismos niños y niñas, algunos ya adolescentes, que tratan de construir su identidad desde un territorio diezmado en su propia raíz. Supone reconocer que muchas de las mujeres abusadas han visto dañada su capacidad reproductiva por las lesiones sufridas y otras muchas, entre las que se encuentran niñas y adolescentes, se han visto abocadas a ejercer la prostitución como medio de supervivencia dentro de un contexto social y comunitario que ya no tiene un lugar para ellas. Pero, sobre todo, supone visibilizar que esta cadena de aberraciones transcurren dentro de una cultura de impunidad respecto a los agresores – incluidos  quienes explícitamente ordenaron la sistematización de la violencia sexual como arma de guerra y humillación del otro a través de la apropiación del cuerpo y la capacidad reproductiva de «sus mujeres»– y la nula reparación de los daños sufridos por las víctimas: No hay condenas internacionales significativas, ni fondos destinados a crear contextos sanadores, ni un proceso en marcha que legitime a las víctimas como supervivientes de violencia sexual. Hasta hoy.

Afirma el director de cine colombiano Víctor Gaviria a partir de la realización de su película La mujer del animal, que el origen escondido de toda violencia es la violencia contra la mujer: «Es un odio a la comunidad, que es femenina, un odio a la mujer. Casi siempre hemos pensado que la violencia contra las mujeres que se produjo en el conflicto es una cosa anecdótica, inevitable, una serie de hechos secundarios que no tienen sentido en sí mismos y que no son el núcleo de nada. Pero no, el centro es ese. Lo otro es una cortina de humo sobre ese odio y ese goce de destruir a la mujer. Y también al niño y a la comunidad. Por eso al final de la película uno se da cuenta de que no solamente era ella sino la comunidad entera la que estaba pisada por el animal».

Desde la Asociación invia asumimos que es la impunidad de esa manera de «pisar» el cuerpo de las mujeres y apropiarse de su sexualidad la que ha combatirse. Y para que la eliminación de la violencia sexual sea real, significativa y transformadora ha de acompañarse, además o principalmente, del desarrollo de una cultura de reparación que se asiente en una justicia nacional e internacional que actúe de manera acogedora, contenedora y sanadora para las víctimas. Eso implica, en fin, abandonar el silencio, la ocultación, la minimización del alcance y sentido de la violencia sexual y el sostenimiento de un estatus quo preparado, de nuevo, para que cualquier nueva guerra vuelva a poner de relieve que se trata siempre también de una guerra contra las mujeres. Afrontar desde la responsabilidad y el compromiso con los Derechos Humanos las heridas de los cuerpos femeninos y sus destinos. Esas heridas no contadas que, finalmente, acaban por dañar a cualquier sociedad que pretenda ser justa y civilizada.

 

Cova Álvarez Díaz

Psicóloga y Coordinadora Pedagógica SAID Casa de la Jove. Especialista en Violencia Sexual