El Informe Mundial sobre la Trata de Personas, elaborado por la ONU contra la Droga y el Delito, nos expone que entre el año 2012 y el año 2014 se detectaron un total de 63.251 víctimas en 106 países y territorios. Sin embargo, sólo en el año 2014 y basándose en datos de 85 de estos países, un 70% de estas personas eran chicas y mujeres.

El mismo informe expone que el sur de Europa -donde se sitúa Cataluña- nos encontramos que el tráfico con fines de explotación sexual es la forma más común de tráfico. De las 12.775 víctimas detectadas, un 67% provenían de la explotación sexual. Asimismo, una gran parte fueron víctimas de la trata de estafas y matrimonios forzados y de formas mixtas de explotación (generalmente involucrando una combinación de explotación sexual y algún tipo de trabajo forzoso). Sin embargo, alrededor del 85% de las víctimas traficadas para otras finalidades eran mujeres, especialmente chicas.

Ante todos estos datos, es importante ir al origen de lo que promueve que estas personas quieran irse de sus países y exponerse a un largo viaje con un destino incierto.

La gran mayoría de jóvenes que son acompañadas desde los servicios de la Asociación invia explican que sus objetivos en el momento de tomar la decisión de migrar hacia Europa eran muy básicos: estudiar, progresar, proyectar una construcción de vida favorable, y en resumen, sentir que tenían la oportunidad de optar a un futuro deseado. Estos objetivos no son muy distintos de los que se puede marcar cualquier persona en cualquier lugar del mundo.

Debido a las grandes diferencias de acceso a múltiples servicios básicos, finalmente, las grandes redes criminales de alcance mundial se aprovechan de los deseos, anhelos y esperanzas de mejora de muchas jóvenes, mujeres, hombres y familias, para construir con sus cuerpos y vidas un mercado de compra-venta, que entre otros, deshumaniza, cosifica y convierte en simple mercancía estas vidas.

Y así es como se inicia un gran camino hacia la destrucción de millones de vidas de manera diaria.

La mayoría de chicas se marcha de sus casas de manera solitaria, algunas a través de familiares cercanos que ya se encuentran en el territorio, otros mediante intermediarios. Sea como sea, con 13-14 años emprenden un camino que ellas viven desde la ilusión de lo anhelado, pero que las llevará a vivir situaciones infernales.

Inician el recorrido subiendo a un bus, con una mochila con sus pertenencias básicas, sin documentación, con la incertidumbre que te provoca lo desconocido y con mucha soledad.

El viaje continúa haciendo un cambio de transporte. Un gran camión con el que irán cruzando fronteras hasta llegar a alguno de los países que hace de puente con Europa y donde se encuentran confinadas con cientos de personas más. Un camión que en cada cambio de frontera debe pagar para poder proseguir su viaje. Ellas tienen que pagar. Con su vida. En cada cambio, violencia. En cada paso de país, una nueva violación. O pagas o no pasas. O te violan o te matan.

Y eso, nada más salir de casa. Recordemos: chicas de 13-14 años que buscaban poder estudiar y tener un futuro deseado.

Después de pagar y pagar en cada cambio de país, se llega al primer destino. Hablaremos de Libia. Podríamos hablar de otros.

En Libia, las y los llevan a la que será su casa durante un periodo de tiempo incierto, indeterminado. Llegan de un viaje que puede haber durado tranquilamente 2 meses, o más. Un viaje donde han empezado a vivir su proceso de deshumanización, de ser mercancía, de ser producto para la compra-venta de un mercado salvaje y en continuo crecimiento en países como el nuestro.

Libia. Muchas de las jóvenes describen Libia como el infierno en la tierra. Privaciones de alimentos, de agua, vejaciones, palizas, violaciones, humillaciones. Todo. Diariamente.

Una vez pasado este tiempo indeterminado, consiguen tener la gran oportunidad de embarcar. De poder salir del infierno. De poder llegar a tocar el gran sueño. De poder entrar en la gran Europa que les ofrecerá lo anhelado.

Suben a la embarcación -si es que se puede llamar así- y con ellas, cientos de personas más. No hay alimentos. No hay agua potable. No hay prácticamente espacio ni para respirar. Hay desesperación. Hay horror. Hay miedo. Hay naufragio.

Algunos de los cuerpos de las personas que estaban con ellas en la embarcación quedan flotando, otros terminan hundiéndose, y aún hay otros, como los de ellas, que tienen suerte -por decirlo de alguna manera- y consiguen que el mar las expulse de nuevo hacia Libia. Con quemaduras de tercer grado, deshidrataciones severas y en un estado de shock muy severo. Y vuelve a iniciarse la rueda.

Volver al campamento del infierno. Volver a la violencia diaria. Volver a esperar el turno de poder embarcar de nuevo. Segundo intento. Puede salir igual que el anterior, o pueden conseguir llegar a las costas de Italia.

Lo consiguen. Europa. Italia. Comienza la mercancía de manera directa. Los enlaces entre el país de origen y Europa las van a buscar al alojamiento de recuperación. Empiezan a creer -y desear- que el infierno se ha acabado. Que las irán a buscar para poder volver a ser niñas y adolescentes, para poder iniciar el proceso que les permita alcanzar sus objetivos.

Aún tienen energía para confiar. Aún tienen esperanza. Por lo menos, a estas alturas de la travesía siguen vivas. Debe de ser una buena señal, o eso quieren pensar.

Algunas permanecen en Italia, otros son trasladadas a diferentes países de Europa: Alemania, Holanda, Francia, Inglaterra, España… Es indiferente donde terminen, el destino será el mismo.

Llegan a una casa que les parece de verdad -he hecho bien en confiar, piensan-. La tranquilidad dura pocos días. De repente, se encuentran en medio de una formación intensiva y a la fuerza de cómo poner preservativos, de cómo pedir dinero por adelantado a los clientes, de cómo ser más productivas, de donde se pueden poner y de donde no, de cómo evitar la policía, de códigos, de lenguajes. Una formación de cómo seguir muriendo en el infierno.

Ellas se niegan, no entienden nada, siguen en estado de shock, incrédulas ante todo el horror que siguen viviendo. La respuesta que reciben son palizas, privación de alimentos, amenazas de muerte, hacia ellas y hacia sus familias que permanecen en los países de origen. Y al mismo tiempo, son informadas de que el precio de todo el infierno que han vivido es de 30.000 € , como mínimo.

Niñas de 14 años, que no hablan el idioma del nuevo país donde viven, maltratadas físicamente, psicológicamente y sexualmente desde el momento en que salieron de casa y que deben 30.000 € o más. No se pueden comunicar con las familias de origen, viven amenazadas, coaccionadas y atemorizadas. Todas ellas obligadas a ejercer la prostitución -tanto en prostíbulos como en la calle- que las personas de Europa consumen. Que las personas de Europa contribuyen a que la trata y el tráfico de estas menores no pare de crecer.

Y de repente un día algo cambia. Aparece alguien. Un cuerpo policial, una educadora, una sanitaria… Aparece alguien. Pero ellas ya tienen la capacidad de confiar dañada, y el grado de temor muy elevado y profundo.

Consiguen salir físicamente de la red de tráfico de personas que las estaba explotando sexualmente. Pueden iniciar un nuevo camino, pero no podrán partir nunca de cero.

Se sienten devastadas, no saben quiénes son, sienten asco hacia ellas mismas, sentimientos de culpa y rde esponsabilidad por todo lo que han vivido las acompañan cada día. El miedo, la desconfianza, la rabia, la tristeza, la culpa .. Son sensaciones y sentimientos con los que deberán convivir.

Todos sus sueños se han visto destruidos, no tienen ningún objetivo vital. Sienten que lo han perdido todo. Como ellas mismas exponen:

 

“Cada día, cuando me levanto, siento que no quiero despertarme. Quiero dormir para siempre. Pero luego sueño. Pesadillas que no acaban nunca, sudores fríos, horrores permanentes en mi día y mi noche. Ya no sé si quiero estar dormida o despierta.”

Chica de 19 años

 

 

“No sé si seré capaz de sentir algo alguna vez en mi vida. Sentir en general; sentir emociones, alegría, felicidad, ganas de hacer algo, tener motivaciones… Me siento vacía. Pero es un vacío que no sé cómo llenar. Nadie puede. Creo que ni yo. Es como si me hubieran robado un derecho que no sé cómo recuperar. Sólo siento rabia. Y dolor. Y a veces, ni eso”

Chica de 17 años

 

“Llevo dos años en España. Antes estuve uno en Italia. ¿Qué he conseguido? Nada. Me siento bloqueada, mi cabeza no responde, ni cuando yo quiero ni como yo quiero. No puedo entender, no puedo escuchar. Me siento tonta, estúpida, incapaz. Me siento agotada y cansada.”

Chica de 18 años

 

“Durante mucho tiempo, he vivido una parte de mi vida –mi infierno en la tierra– como si de una película se tratara. Han pasado 4 años des de que salí de Nigeria. Ahora estoy entendiendo que eso era mi vida, que la protagonista de esa película soy yo. Todo ese dolor, todo ese sufrimiento, todo ese desgarro, toda esa muerte en vida, está volviendo a mí de nuevo. Después de 4 años soy realmente consciente de lo vivido. Ahora, mi vida es mía. Con todo lo que conlleva. Pero mía, y ahora creo que puedo volver a vivirla.”

Chica de 19 años

 

“Intento negar les coses que he patit a la vida. Sé que si les afronto, si els hi poso veu, no podré avançar en aquests moments. Ara, el que necessito és poder formar-me, poder treballar, poder viure per mi mateixa sense dependre dels altres. I les dues coses sé que no les puc fer.”

Chica de 17 años

Ante todo lo expuesto, es primordial hacernos conscientes de la responsabilidad de acción que tenemos, de la necesidad de ser acompañadas y respetadas que estas jóvenes tienen, de la importancia de respetar sus tempos de recuperación, de la necesidad de establecer los mecanismos necesarios para que puedan restablecerse como personas con derechos, y en definitiva, de aceptar que de una manera o de otra, estas jóvenes, como cualquier persona superviviente/víctima de tráfico y de trata de seres humanos, son la responsabilidad de una sociedad que día a día contribuye a perpetuar estas estructuras de poder en que se fundamentan las redes que nutren el tráfico de seres humanos.

 

Agnès Cortés Mas

Educadora del Servei d’Atenció Integral a la Dona (SAID)