Violencia contra las chicas adolescentes y jóvenes: del trauma a una vida

En unas recientes jornadas realizadas en la ONU (marzo de 2015) se ha vuelto a poner de manifiesto que el papel de las mujeres en el mundo empeora o mejora con extraordinaria lentitud, incluso en las sociedades desarrolladas. Los prejuicios de género, la desigualdad salarial, los obstáculos para acceder a la educación, la ausencia en los ámbitos de poder y, sobre todo, la violencia afectan con especial intensidad a las mujeres: se estima que un 35% de las mujeres han sufrido violencia física o sexual. El acoso y las agresiones sexuales están muy presentes en el ámbito laboral. Estos días aparecen noticias sobre agresiones sexuales en el ejército, ejemplo claro de que una vivencia enfermiza de la masculinidad se transforma en un ejercicio violento y despiadado de la jerarquía y la fuerza. Las chicas jóvenes sufren con frecuencia bromas sexistas, insinuaciones y propuestas no deseadas, de forma que están sometidas a un grado de estrés superior a  los chicos. Y en algunos casos, como decíamos, sufren agresiones que generan problemas psicológicos graves, y que pueden afectar seriamente su vida.

Las mujeres son víctimas de violaciones de guerra, de las redes de prostitución y de grupos fanáticos que se amparan en falsas creencias religiosas para someterlas a la esclavitud sexual. Pero no podemos olvidar que el principal riesgo de violencia hacia la mujer está muy cerca de ella, en el entorno familiar y en su pareja. En las próximas líneas me referiré a mi experiencia profesional con adolescentes y jóvenes que han sufrido maltrato, señalando algunas de las posibles consecuencias y el camino que pueden seguir hacia la superación del trauma sufrido.

No siempre la familia cuida y protege
Nadie duda de que la familia es el marco óptimo para el desarrollo de un ser humano. Pero no siempre las familias funcionan adecuadamente. Hay padres y madres que maltratan. El tipo de maltrato más habitual es la negligencia, que implica no cuidar física y psicológicamente, no aportar alimentación, vestido, educación, un hogar adecuado, afecto y protección. Los otros tipos de maltrato son el psicológico (ignorancia, desprecio, castigos, vejaciones), el físico y los abusos sexuales, estos afectando sobre todo a niñas y chicas adolescentes. Los padres y las madres que maltratan tienen problemas de salud mental, de drogadicción, de personalidad, a menudo han sido niños y niñas maltratados … las causas pueden ser diversas, pero los efectos son claros: sufrimiento y afectación del desarrollo personal de hijos y hijas.
La niña y el niño maltratado experimenta la paradoja de que maltratan aquellos que deberían de amar y cuidar. Si un desconocido me hace daño, la experiencia puede ser articulada de manera clara: hay un agresor que es culpable, y una víctima inocente (yo). Pero ¿cómo elaboro la experiencia de que mi padre o mi madre me han maltratado? ¿Soy culpable de lo ocurrido? ¡Es que mi comportamiento ha inducido el abandono o la violencia? ¿No soy una persona digna de ser amada? ¿He provocado de alguna forma los abusos sexuales sufridos? Las personas que deberían proteger son, como decíamos, las que han hecho daño, y esto puede cambiar la idea de uno mismo, de los demás y del mundo. La seguridad básica que aporta la familia, un entorno físico y relacional de bienestar y protección, se transforma en inseguridad básica: el mundo es inseguro, las relaciones son peligrosas, el futuro es incierto. En este contexto, se debilita el sentido de fortaleza e integridad personal, las emociones se desregulan y aparecen la inestabilidad afectiva y los problemas de relación.

El adolescente y la chica joven maltratada: afectaciones personales y relacionales
Centrémonos en la chica joven que sufre violencia psicológica, física y / o sexual. El maltrato intrafamiliar es probable que haya empezado a edades tempranas, pero en la adolescencia aparecen otros elementos que inciden. Algunas adolescentes, por ejemplo, viven experiencias de maltrato en las primeras relaciones de pareja. En las familias con problemas relacionales, el adolescente logra más conciencia del clima familiar y del vínculo de pareja entre los padres, y no es infrecuente que señale lo que no funciona. Recuerdo el caso de una chica de 19 años, a quien llamaremos Carmen, que había sufrido maltrato psicológico y físico por parte del padre. La frialdad y el desamor entre madre y padre era evidente. Carmen descubrió casualmente que el padre mantenía una relación con otra mujer desde hacía muchos años. Cuando la chica confrontó al padre y a la madre con la situación, el padre le dijo “me casé con tu madre por tu culpa”, refiriéndose a que la madre se había quedado embarazada y él se había visto “forzado” a casarse. La tensión en casa aumentó hasta el punto de que los padres hicieron fuera de casa a la hija, por lo que Carmen pagó los platos rotos del desamor conyugal y de una familia dañada.

Por cierto que este caso nos puede ayudar también a entender otro aspecto importante del tema que tratamos. Una chica que ha sufrido violencia, sobre todo si ha sido testigo de maltrato en la relación de pareja, es probable que inicie su relación de pareja con cierto riesgo de reproducir lo que ha vivido en casa. Carmen explicaba así la relación de pareja que mantenía con un joven: “Sí, yo creo que estamos bien. Cuando lo conocí él estaba con otra chica, pero me prefirió a mí … lo cierto es que a veces todavía habla con ella, no creo que haya nada entre ellos, pero a mí me duele y a menudo discutimos por este tema “. Fijémonos en la situación y hacemos alguna hipótesis. ¿De qué manera puede afectar a Carmen su historia familiar a la hora de buscar pareja? ¿Es posible, por ejemplo, que le pueda parecer más interesante, más atractivo, un chico que teniendo pareja la prefiere a ella? Es posible que de forma inconsciente le interese un chico con pareja para cambiar el guión de la historia entre los padres, de forma que ella sea la escogida y la otra sea eso, “otra”, la no elegida. ¿Saben qué pasó después? En efecto, Carmen se quedó embarazada, y los problemas con su pareja se acentuaron: llorando con desesperación decía “No sé si está conmigo porque me ama o por obligación, porque estoy embarazada. No quiero que pase lo que pasó a mis padres “. Meses más tarde, Carmen cortó la relación y fue a una residencia donde tuvo la criatura. Sirva este ejemplo para ilustrar el riesgo de repetir patrones familiares.

La violencia de tipo sexual, la inducción a la prostitución, los abusos sexuales y la violación, impactan intensamente en la vida de la niña, la adolescente, la joven. Tanto los abusos como la violación tienen repercusiones más graves cuando han sido producidos por el padre, la pareja o un hombre del entorno cercano. Y esto es lo que ocurre con más frecuencia. Un hombre, a menudo el padre, rompe los límites de la relación padre-hija y abusa sexualmente. A menudo esto afecta a la percepción de que la chica tiene de sí misma: se puede sentir culpable de los abusos, se puede sentir “sucia”, permanentemente manchada por la experiencia, puede dudar de su orientación sexual, pueden aparecer conductas promiscuas, o en el otro extremo, una actitud de rechazo al propio cuerpo y a la vivencia de la sexualidad. A menudo la joven que ha sufrido abusos vive la relación con los chicos / hombres con una sexualización que interfiere en el vínculo. Ha pasado mucho tiempo, pero recuerdo perfectamente a Juana, una chica de 17 años que había sufrido abusos sexuales por parte del padre y que había estado un tiempo en un prostíbulo, donde la policía -haciendo una redada- la había encontrado. Llegó a un centro de menores e hice con ella una primera entrevista. Después de presentarme como psicólogo del centro y de preguntarle cómo se encontraba, me miró fijamente y dijo: “Uy, cómo me miras! Yo he estado con muchos hombres y sé qué significa esa mirada “. Joana había creído captar en mi mirada un interés sexual hacia ella. La experiencia con el padre, que violentó la intimidad de Juana, que cambió la mirada de padre por una mirada sexual, y por la actuación de los abusos, configuraba en ese momento un patrón de relación. La experiencia de Juana se puede sintetizar así: “ningún hombre puede mirarme con un interés emocional, humano, de ayuda; toda mirada hacia mí es necesariamente sexual “.

El proceso de cambio: la resiliencia y la superación del papel de víctima.
Siendo innegables los efectos de la violencia sobre la salud mental (y física) de las chicas y de las jóvenes, hay que tener presente que la fortaleza humana es enorme. Es conocido el concepto de “resiliencia”, que implica poder afrontar y superar experiencias dolorosas. Las relaciones interpersonales también pueden ser fuente de resiliencia: una persona (madre, padre, pareja …) ha producido el daño, pero otra persona (la madre, una abuela, un / a hermano / a, la pareja, un / educador) puede ayudar a superar el trauma a través de un modelo relacional que repare el daño sufrido. Hablamos de “víctima”, pero este aspecto habría que matizarlo. Es importante que se pueda reconocer, por ejemplo, que los abusos sexuales han existido, y que la niña abusada ha sido “víctima” del abusador. No es infrecuente que los abusos se pongan en duda, que los juicios acaben con la absolución por “falta de pruebas”, y esto incrementa el dolor de la víctima. Pero con el tiempo, con esfuerzo personal y a menudo con ayuda profesional, la experiencia traumática sufrida debe elaborarse. La niña abusada, la joven maltratada, irán madurando a partir de la reflexión, analizando las repercusiones y asumiendo lo vivido como un accidente vital, como una experiencia dolorosa que poco a poco se va superando. La posible pasividad victimista dará paso a la madurez de vivir con todo lo que nos ha pasado, y con los recursos y capacidades que se tienen. La herida abierta del trauma dará paso a la cicatriz que molesta un poco, sólo un poco. Y a partir de ahí, podrá recuperarse la confianza en sí misma y en los demás, y la vida podrá tener sentido y proyección de futuro.

José Castillo
Psicólogo de la Asociación Invia
Profesor de la Facultad de Psicología Blanquerna-URL

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